Lo que me mueve es el antojo. Mis mezclas son espontáneas.

Mi intención es hacer infusiones ricas. Desarrollar sabores que emocionen y muevan los sentidos, así, con simpleza y facilidad.

Entiendo que todo lo que está en el universo tiene sabor, olor, textura, color. Las hojas, flores, frutos, todas las sustancias botánicas, además, tienen espíritu. Mi búsqueda tiene que ver con eso: con los espíritus de la tierra.

Estos tés incluyen ingredientes mexicanos, porque soy de aquí. Me decidí a explorar lugares y productores que respetan la esencialidad de las cosas que cultivan. Antonino y su mujer cosechan el toronjil y la menta de Amecameca; las lavandas, jazmines y rosas son del rancho de Luisa en Puebla. De Malinalco el cedrón, calamondín, zacate limón y la hierbabuena. Las especias, de diferentes campos agroecológicos del país. Las hojas de té, esas sí de otros lugares: Japón, China, India, Taiwán, Kenia y Sri Lanka.

Con mis productos le hablo a personas curiosas que creen en lo que sienten. A quienes saben mirar en silencio. Lo que ves es lo que te tomas. Mis mezclas dejan ver de qué son; cada ingrediente se hace presente al tomarlo, sin pretensiones ni trucos sensoriales.

Estudié formalmente sobre los procesos y me preparé como “diseñadora de té” en la Escuela Mexicana de Té. Aunque he leído y descubierto grandes dimensiones en el té y su ciencia, para mí siempre ha sido el gusto lo que mueve mis intenciones cuando a tomar, o hacer té se refiere.

Desde el inicio del proyecto he atravesado por caminos de entendimiento, sorpresa y confusión. A muchas personas tuve que explicar más de una vez qué era lo que estaba buscando. Y aunque todavía no lo encuentro el proyecto ya cuajó.

Aquí está el pinche té que alguna vez te prometí.